Hiroshima

Libro Hiroshima
Foto de la portada del libro, con el inicio del reportaje sobreimpreso.

¿Qué sabía de Hiroshima antes de leer Hiroshima? Con Hiroshima se cerró la Edad Moderna, acabó la Segunda Guerra Mundial y murieron de un plumazo o debido a heridas mortales más de cien mil personas. El principal argumento del gobierno de Estados Unidos para lanzar las bombas sostenía que así Japón se rendiría de inmediato y que, al evitar los enfrentamientos cuerpo a cuerpo en el campo de batalla, se salvarían decenas de miles de vidas estadounidenses.

Durante largo tiempo había entendido, aunque no compartido, el razonamiento oficial de Washington. Sin embargo, justo al caer el libro del periodista y escritor norteamericano John Hersey en mis manos, y puede que porque me hiciera reflexionar de nuevo antes de su lectura, me pregunté si no habría sido posible que EUA arrojara las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki persiguiendo un objetivo oculto y primordial, y que no fuera otro que el de amedrentar y amenazar a la Unión Soviética.

El prologuista de Hiroshima, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, confirma mis sospechas: antes de lanzar las bombas, EUA sabía que Japón estaba derrotado y que los diplomáticos nipones sondeaban tratados de paz mediante terceros países. Incluso años después, añade Vásquez, dos militares de alta graduación, entre ellos el futuro presidente Dwight Einsenhower y por entonces comandante de las Fuerzas Aliadas contra Hitler, afirmaron que la bomba no hacía falta y que Japón ya estaba listo para rendirse. Hersey no analiza este terreno.

El reportaje

John Hersey fotografiado por Carl Van Vechten.
John Hersey fotografiado por Carl Van Vechten.

El periodista –y premio Pulitzer de literatura por la novela  A Bell for Adano– nos legó, además de un reportaje periodístico, un documento histórico creo que sin precedentes, un precursor de la imagen de la niña quemada por el napalm en Vietnam. El autor eludió los controles militares para elaborar y publicar el reportaje un año después de la explosión nuclear. The New Yorker dedicó toda la revista a la publicación íntegra del texto, algo que no había hecho antes ni haría después. Tanta fama adquirió en la época que el mismísimo Einstein encargó mil ejemplares que no pudieron ser satisfechos.

Hiroshima

La ciudad esperaba un bombardeo de los B52. Ni Hiroshima ni Kyoto habían sido atacadas. “¿Por qué se ha hecho de noche tan temprano? ¿Por qué se ha caído nuestra casa? ¿Qué ha pasado?”, inquiría la hija de cinco años de la señora Nakamura, quien se preguntaba a su vez qué había ocurrido, pues la sirena de cielo despejado había sonado. Sí, había sonado porque los radares confundieron al Enola Gay con un avión meteorológico americano de los que sobrevolaban la urbe cada mañana, todos los días, hasta el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de una jornada que se presentaba clara y calurosa.

Hersey explica cómo vivieron esas primeras horas y los días sucesivos seis supervivientes, personas que se salvaron por pequeñas-grandes decisiones o por estar en ese momento a distancia suficiente del centro, en una ciudad que albergaba a 245.000 personas antes de la hecatombe. El periodista narra la biografía postnuclear de una oficinista, dos doctores, una costurera,  un sacerdote jesuita y un reverendo metodista. Hersey describe sin recrearse los daños físicos, psicológicos y sociales que padecieron estas personas.

En el mejor hospital de Hiroshima, solo seis doctores de 30 eran capaces de trabajar, uno el doctor Sasaki. Tuvieron que atender a unos 10.000 heridos. “Arrastrado de aquí para allá sobre sus pies descalzos, apabullado por la cantidad de gente, pasmado ante tanta carne viva, el doctor Sasaki perdió por completo el sentido de la profesión y dejó de comportarse como un cirujano habilidoso y un hombre comprensivo; se transformó en un autómata que mecánicamente limpiaba, untaba, vendaba, limpiaba, untaba, vendaba”.

A diferencia del reportaje original, el libro de Hiroshima añade un capítulo a modo de epílogo. Hersey vuelve a Japón 40 años después para explicar cómo evolucionaron las vidas de los protagonistas, a quienes se les conocía como “hibakusha” -personas afectadas por una explosión-, en lugar de supervivientes, que en la cultura japonesa podría resultar ofensivo para los muertos.

Japón tardó en reconocer a las víctimas de la bomba. Hacia 1950 los médicos hallaron pruebas de que la incidencia de leucemia en los “hibakusha” era mucho más alta de lo normal. Muchos de ellos experimentaron rechazo social debido a la creencia de que podrían contagiar sus males. Y durante tiempo vivieron en un limbo económico, sin ayudas ni prestaciones.

Mi epílogo

(Fotos: Fuerza Aérea de EUA. Por cierto, si quieres hacer una cortina deslizante como esta, lee esta entrada).

En la actualidad, el país del sol naciente se ve a sí mismo amenazado por Corea del Norte. Tokio ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear a instancias de los estadounidenses, pero algunos políticos y militares japoneses se replantean la prohibición de facto que Japón se autoimpone sobre el desarrollo de armas nucleares. Aunque los nipones cuentan con el poder atómico disuasorio norteamericano, plutonio y tecnología no les falta. Y ahora se añade una declaración de Trump en campaña en la que animaba a Corea del Sur y a Japón a disponer de su propio arsenal nuclear.

Cada vez hay más países con bombas atómicas. Cada estado que se suma al club infame, contribuye a incrementar las probabilidades de que Hiroshima y Nagasaki no solo se repitan, sino que se conviertan en el preludio de algo peor.

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